A panic station

Without Warhol.

Eddie

Esos lentes y esos tatuajes ya son un vino agriado.Puse las llaves en el cerrojo, Pepe me miro sorprendido ya que nunca llevaba este traje de ebria universal y no pude abrir. Lo próximo que sé es que comence a reír demencialmente. Millones de ideas se me vinieron a la mente, una suerte de brainstorm literario y alcoholizado. Le pedí a Pepe que se retirara que necesitaba hacer una llamada en privado. El sentido de la privacidad en la ebriedad es un “dejame solo o te vomito”.  Llamé a Ignacio para pedirle las disculpas más etílicas de mi vida y me atendió una voz dulce y joven, una voz embriagadamete femenina. Ese fue el colmo.

Logré incorporarme en la totalidad de mi cuerpo, mi mente giraba por otros rincones, quizás seguía repasando lo del boliche. IGNACIO Y ELLA- ELLA BESANDO A IGNACIO- IGNACIO DESCARTANDOME EN PUBLICO. Volví a darle una oportunidad a mis manos, volví a insistir y logré dar con la combinación perfecta para entrar. Tiré las llaves en el bowlcito que mamá compró. El mismo que dije no necesitar y al que siempre recurrí cuando perdía las mismas. Y me dirigí a la cocina, más específicamente a la heladera. No había helado para consuelo; así lo llama Cata “El helado del consuelo”. Al que acudimos todas las mujeres cuando beber ya no es una opción y tener sexo con extraños no divierte y no clasifica como la venganza por excelencia. Tampoco había helado. El viento que entraba por la ventana era tranquilizante, las cortinas se movían ligeramente y las estrellas se empezaban a opacar. Se morían  Tanto como parecía morir mi intención de venganza. Necesitaba darle un punto final al sufrimiento, debía olvidarme de esa sensación absurda de necesidad. Quiero sentir sus manos, quiero ver su tinta sobre mí, quiero sacarle los lentes más geeks del planeta, pero él no desea lo mismo. Así que Sabina, esto debe acabar.

No fue tan simple, ahora es simple decirlo. Lloré, lloré como si algo dentro de mi se hubiese desgarrado, y no estaba segura que fuese el corazón. No soy un paciente de riesgo, no al menos de riesgo cardíaco. Lo lloré, diluí su tatuaje infantil, el serio, el geek, el señorcito. Los diluí a todos. De su esencia no quedo más que agua salitrosa sobre mis sábanas. Cuando logré dejar de gastar lágrimas comencé el camino que todas caminamos luego de semejantes momentos.

 

The Writing Chaos.

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Esta entrada fue escrita por cyelip y publicada el diciembre 7, 2012 a las 15:29. Se guardó como The Writing Chaos. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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